Hoy se cumplen 103 años del nacimiento de la Radio Cubana. Más de un siglo de ondas y voces, de un invento que, como la rueda, recorre y une los confines del mundo, llegando a millones de oídos en todas las latitudes del planeta.
La radio es, sin duda, el medio por excelencia para la comunicación inmediata y masiva. Donde quiera que una señal surca el aire, hay alguien escuchando. No importa lo que esté haciendo, porque la radio no exige miradas; la información fluye, espontánea, por el oído y se siembra en el alma sin pedir permiso. Se escucha, inevitablemente, lo que el éter trae.
En Cuba, hay una tradición profundamente arraigada de escuchar radio, de informarse y vivir con ella. No es cierto que las nuevas tecnologías la hayan relegado; si lo que sale de la bocina es atractivo, vibrante e interesante, la gente —sin importar su edad— seguirá sintonizando el milagro.
De esos 103 años, yo llevo más de 41 hablando por la radio, generando contenido y sintiendo cómo las palabras se hacen sonido. Por eso puedo afirmar, con certeza, que su influencia sigue siendo enorme, íntima, poderosa.
La radio es mi novia más fiel. Ninguna mujer me ha acompañado tanto, pero ella, a la que amo con devoción, permanece a mi lado. Y con toda la cursilería del mundo —que me sobra y me honra— confieso que ya no sé vivir sin ella.
¡Viva la radio!